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Y se hizo la luz

  • José Emilio Heredia Vela
  • hace 1 día
  • 3 Min. de lectura


El recuerdo de cómo llegó la electricidad a Codes (Guadalajara)

a finales de los años cincuenta

Por José Emilio Heredia Vela



Hay vivencias que no se borran, por más que pasen los años. 


Mirado con los ojos de hoy, todo aquello parece muy lejano, sin embargo, lo recuerdo como si hubiera ocurrido ayer.


Fue a finales de los años cincuenta cuando la luz llegó a Codes, el pueblo de Guadalajara en el que nací y crecí, y todavía puedo sentir la sorpresa y la expectación que se respiraban.


Nadie imaginaba entonces hasta qué punto aquel cambio iba a transformar nuestras vidas. Pasar del resplandor tembloroso de un candil a encender una bombilla con un simple gesto nos parecía casi un milagro. No se hablaba de tecnología ni de progreso, pero todos intuíamos que algo importante estaba a punto de suceder. Y no tardamos en comprobarlo.


Recuerdo que fue una compañía eléctrica procedente del río Tajo la que llegó a un acuerdo con el pueblo para instalar, por primera vez, la electricidad.


Hasta entonces, nos alumbrábamos con candiles de aceite y de carburo, que apenas daban luz suficiente para movernos por casa cuando caía la noche.



La instalación en las viviendas la realizó Ignacio, un hombre muy conocido en Codes porque había sido molinero en el antiguo molino de piedra. La corriente era de 125 voltios y las radios de 220 necesitaban un voltímetro para no quemarse. Ignacio trabajaba con cuidado y seriedad: terminaba su trabajo, cobraba lo justo y dejaba en cada casa colocada una caja blanca para los hilos de los plomos.


Cada vecino debía aportar dos postes y llevarlos hasta el punto que se le indicaba. A mi padre, Emilio Heredia Atánce, le tocó encargarse de los de la zona de Barbacil, y yo le acompañaba con las mulas para arrastrarlos. Para mí, que era un crío, aquellos postes me parecían enormes.



También recuerdo el transformador situado frente a la casa de la tía Angustia y del tío Luterio. El encargado de manejar los contactos era Martín, el de la tía Dominica.


Vista del Transformador antes de desaparecer
Vista del Transformador antes de desaparecer

Al amanecer, con un puntal de unos cuatro metros, cortaba la luz de las viviendas y la enviaba a la serrería del tío Julián Vela. Al anochecer, repetía la maniobra para devolver la corriente a las casas. Era un gesto sencillo, casi rutinario, del que dependíamos todos.


Hoy me da pena pensar que aquel transformador, tan importante para Codes, ya no existe. Lamentablemente, al derrocarlo no se valoró lo que representaba, pues no era solo una estructura de hormigón: era historia viva, testigo de un cambio que marcó un antes y un después en mi querido pueblo. 



Otra curiosidad que me viene a la memoria es que, en aquellas primeras instalaciones, había dos tipos de luz: la fija, que era más cara, y la conmutada. En casa teníamos la conmutada, lo que significaba que, para encender una luz, había que apagar otra. Así que teníamos que organizarnos. Cuando acabábamos lo necesario en una planta, alguien avisaba en voz alta: “¡Ya está!”, y entonces, podían encender la de la otra. La electricidad había llegado, sí, pero, para muchos hogares, a turnos.


Con el paso del tiempo, al volver la vista atrás, me doy cuenta de lo extraordinario que fue todo aquello. Hoy resulta difícil imaginar que alguien que vive rodeado de aparatos, móviles y pantallas haya pasado años alumbrándose con candiles, a merced de una luz frágil y escasa.


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